Morriña Ribeira Sacra

Conectando con el pasado

Las hijuelas que tenemos de A Casa Da Lucía nos hablan de una edificación que ya en 1950 estaba en ruinas. Las gentes más ancianas del lugar la recuerdan en ese estado y cuentan que es anterior incluso a 1800, ya que sus abuelos la heredaron de antiguas generaciones. Es una casa típica gallega en la que se encontraban dos edificaciones separadas por un patio interior, cerrado en los laterales por dos muros, uno de ellos con puerta. Ambas partes constaban de una planta baja, donde se ubicaban las cuadras, y una planta alta, compuesta por las habitaciones y la cocina.

Las cuadras fueron fáciles de distinguir, aun en estado ruinoso, por los aperos de labranza, carros y yugos que allí se encontraban. A ello se le sumaba el tipo de suelo —tierra y piedra— y la escasa altura de las estancias. También algunas piedras de la pared sobresalían en relieve, lo que nos indica que se dejaban así para poder colgar las herramientas. Otra teoría es que, al ser un espacio para los animales, se recortaba en gastos o tiempo y no se esmeraban en dejar el acabado perfecto… simplemente se aprovechaba.

Lo más interesante de las cuadras era que, al tener tan poca altura, servían de calefacción para la planta superior, ya que los animales emanaban bastante calor corporal.

Desde ahí se accedía al patio, cerrado por un muro en la parte trasera —todavía existente— y otro con puerta en la delantera (que ya ha desaparecido). Dentro del patio había un pozo que descubrimos al hacer la obra; actualmente está cubierto con un cristal e iluminado, justo debajo del pasillo que hemos añadido sobre el muro original para conectar las dos alas. También hay dos escaleras para subir a las plantas superiores: son originales y solo las hemos restaurado, sin añadir ni cambiar nada. Podréis ver en el salón las piedras sobre las que apoyaba antiguamente el tejado, vigas en dinteles y paredes con salientes originales. No hemos querido tocar nada ni cambiar la estructura; nos parecía respetuoso conservar el máximo posible de la casa tal como la encontramos. Luego os contamos cómo fue ese «amor a primera vista».

En la planta superior —a la que se accede por las escaleras señaladas, por una interior desde la cocina o por otra exterior con una preciosa balconada— se encuentran el pasillo y las cuatro habitaciones con sus respectivos baños. No sabemos cómo era la distribución original, pero en algunas estancias veréis armarios hechos en la piedra, ventanas, ventanucos e incluso bancos de piedra (parladoiros) donde las mujeres aprovechaban la luz natural para las tareas del hogar.

Sí pudimos distinguir una cocina en lo que hoy es el vestidor de la habitación principal. Al ser un espacio minúsculo y existir otra cocina en otro punto de la casa (como en la habitación con balconada), nos hace pensar que, en algún momento, diferentes familias de una misma estirpe pudieron compartir la vivienda. A esa cocina se accedía por las escaleras entrando de frente, pues no tenía conexión directa con la habitación.

En la balconada que da a la parte trasera se conservaba una de las columnas; la otra, que dábamos por perdida, se encontró entre la maleza y medio enterrada al realizar trabajos con la pala. Fue una gran noticia, ya que pudimos reconstruir ese espacio con piezas originales. Debajo de esta balconada hemos conservado las tres leñeras y hemos descubierto otra cuadra cercana a la casa, en la parte alta del terreno, que utiliza la propia roca del monte como pared.

Desde las tres habitaciones que dan al camino podemos observar, al otro lado, un pozo perteneciente también a la casa. Decidimos ceder su uso a los antiguos dueños para que pudieran regar los cultivos que tienen allí.

Tanto el porche como el ventanal del salón fueron añadidos por nosotros, ya que creíamos que aportarían la luz necesaria a la casa. El resto se intentó conservar tal cual. Por ello, en los casi 400 de vivienda, hemos dado mucha importancia a los espacios amplios y cómodos.

La casa la descubrimos mi hermana y yo, que somos vecinos de la zona, dando un paseo mientras jugábamos con un balón. Se nos coló en el patio y, al ir a rescatarlo, dimos con la edificación. La habíamos visto siempre de lejos, pero al «redescubrirla», ella me dijo de quién era. Fue amor a primera vista.

Al notario acudimos catorce personas: catorce herederos de herederos, de herederos y más herederos. Ponerse de acuerdo fue fácil, al contrario de lo que podíamos pensar, y así empezamos a rehabilitar esta maravillosa casa que lleva el nombre de mi hija, que en ese momento tenía un año.

Deseamos que la disfrutéis y sepáis apreciarla como nosotros. Ojalá os teletransporte doscientos años atrás y podáis experimentar, aunque sea de lejos, la vida que aquí se realizaba.

Muchas gracias. Borja.

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Casa Lucia

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